Reflexiones 2

Una lección de amor y fe
Dios me dio una lección de amor y fe, cuando mis esperanzas estaban derrumbadas.
Por tantos años le imploré a Dios que me diera la oportunidad de ser madre, lloré tantas veces y le imploré al Señor que me diera la oportunidad de ser madre.
¡Qué sola y vacía era mi vida! Un día decidí dejarle las cosas a Dios, ya estaba cansada de luchar.
Comencé a sentir malestares (nunca me olvidaré de aquel mes de junio de 1998) cuando por insistencia de mi madre me dijo que me hiciera la prueba, mi respuesta era, mamá, tú sabes bien que no puedo estar embarazada, ya mi tiempo pasó, pero Dios tenía otro propósito.
Y cual fue mi sorpresa, estaba embarazada, no lo podía creer.
Le di tantas gracias a Dios, nos abrazamos y lloramos. Tuve a mi hijo y créanme es la experiencia más maravillosa de mi vida, nunca más volví a sentirme sola. Siempre le decía a las personas, Dios me dio una lección de fe y decía que me hubiera gustado tener una hija mujer, pero que bueno, por lo menos había tenido un hijo.
Pasaron tres años, y Dios sin pedírselo me dio otra lección de amor y fe, tuve a mi niña.
Hoy quiero compartir con ustedes el milagro del amor de Dios es nuestras vidas, Rolandito 8 años, y Paola de 4 años. Nunca pierdan la fe, nunca dejen de soñar. Para Dios no hay nada imposible.

La vida se gasta
Nos acostumbramos a vivir en departamentos y a no tener otra vista que no sean las ventanas de alrededor.
Y porque no tienen vista, nos acostumbramos a no mirar para afuera.
Y porque no miramos para afuera, nos acostumbramos a no abrir del todo las cortinas.
Y porque no abrimos del todo las cortinas, luego nos acostumbramos a encender más temprano la luz.
Y a medida que nos acostumbramos, olvidamos el sol, olvidamos el aire, la amplitud.
Nos acostumbramos a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde.
A tomar café corriendo porque estamos atrasados.
A leer el diario en el colectivo porque no podemos perder tiempo.
A comer un sandwich porque no da tiempo para almorzar.
A salir del trabajo porque ya es la noche.
A dormir en el colectivo porque estamos cansados.
A cenar rápido y dormir pesados sin haber vivido el día.
Nos acostumbramos a esperar el día entero y a oír en el teléfono: "hoy no puedo ir",
"A ver cuando nos vemos", "La semana que viene nos juntamos"...
A sonreírle a las personas sin recibir una sonrisa a cambio.
A ser ignorados cuando precisábamos tanto ser vistos.
Si el trabajo está complicado, nos consolamos pensando en el fin de semana.
Y si el fin de semana no hay mucho que hacer, o no disponemos de mucho dinero, nos vamos a dormir temprano y listo, porque siempre tenemos sueño atrasado.
Nos acostumbramos a ahorrar vida.
Que, de a poco, igual se gasta y que una vez gastada, por estar acostumbrados,
nos perdimos de vivir.
 |